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miércoles, 9 de diciembre de 2009

- DOS HERMANOS

Hubo dos poetas que eran amigos. Uno, Luis Rosales, dió cobijo a su amigo Federico cuando se sintió perseguido. Allí en su casa de Granada, el amigo fue entregado. El polvo de una cuneta le cubre al hombre que escribió junto al olivo:

En la luna negra
de los bandoleros,
cantan las espuelas.
Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?
...Las duras espuelas
del bandido inmóvil
que perdió las riendas.
Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
En la luna negra,
sangraba el costado
de Sierra Morena.
Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto?
La noche espolea
sus negros ijares
clavándose estrellas.
Caballito frío.
¡Qué perfume de flor de cuchillo!
En la luna negra,
¡un grito! y el cuerno
largo de la hoguera.
Caballito negro.
¿Dónde llevas tu jinete muerto
?


Hubo también dos hermanos. El uno Antonio era de:
La España de charanga y pantereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y María,
de espíritu burlón y de alma quieta.

El otro, Manuel decia:
Yo soy de las gentes que a mi tierra vinieron
-soy de la raza morta, vieja amiga del sol-
que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
tengo el alma de nardo del árabe español.


En la batalla, el primero le cantaba a Líster, jefe del ejército del Ebro:
Si mi pluma valiera tu pistola de capitán,
contento moriría.


Manuel le decia al general Franco:
Caudillo de la nueva Reconquista,
Señor de España, que en su fe renace,
sabe vencer y sonreír, y hace
campo de pan la tierra de conquista.


En el frente, Antonio decia:
¡Madrid, Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.


Y el hermano le contestaba:
Hoy, ante su magnífica ruina,
honor universal, sol en la Historia,
puro blasón del español denuedo,
canta una voz de gesta peregrina:
¡Mirad, mirad cómo rezuman gloria
las piedras del Alcázar de Toledo!


Los dos se apellidaban Machado. Manuel murió en su casa, en la cama; Antonío en el país vecino, de melancolía.

Otro poeta, Cesar Vallejo, quiso resucitar a todos García Lorca, Hernandez, Ridruejo.., a todos los muertos:
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia el un hombre
y le dijo: "¡No mueras! ¡Te amo tanto!"
Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéndole:
"¡No nos dejes!¡Valor!¡Vuelve a la vida!"
Pero el cadáver,¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: "¡Tanto amor y no poder hacer nada contra la muerte!"
Pero el cadáver, ¡ay! ¡siguió muriendo!
Le rodearon millones de individuos ,
con un ruego común. "'Quédate hermano!"
Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo. [...]

viernes, 27 de noviembre de 2009

- LIBROS





Todavía conservo viejos libros de la infancia. Se han ido salvando de la quema porque son de esas cosas a las que les coges cariño y te las llevas en traslados y mudanzas aunque sean un estorbo.
Recuerdo bien aquellos ratos interminables del estío, donde no quedaba otra que hechar una siesta o leer la vieja colección Austral. En torno al tedio y a que la programación de la TV comenzaba a la tarde fui devorando todo lo que caía en mis manos. Algunas obras de Azorín los leí entre las sábanas a la luz de una linterna en un acto de furtivismo; luego supe, permitido por mi madre.
Lo que ahorraba tenía como destino satisfacer mi avidez. Me sentí orgulloso cuando logré reunir 1.000 volúmenes. Los conté varias veces, e incluso soñé con cuántos llegaría acumular. Con mi primer sueldo formalicé el pago aplazado de la Larrouse.
Llegó un momento que mi habitación se hallaba repleta de cajas llenas de tesoros importantes. Con la madurez constaté la ridiculez de adquirir libros que sólo leía una vez. Así que decidí hacerlo con mas fruición. Fue entonces cuando comencé a subrayar y poner notas al margen. Los torturé con mis reflexiones y fruto de ello fue la decisión de cortar la hoja por donde iba leyendo. No me pareció pecado mutilar un libro que seguramente no volvería a leer.
Pasado el tiempo la Sociedad General de Autores me prohibió fotocopiarlos. No podía entender -con el esfuerzo monetario añadido que me suponía- que con algo mío no pudiera hacer lo que quisiera. Entendí que en la práctica el libro que adquiría era un arriendo, un préstamo encubierto.
Mi enfado me llevó ha admitir que los libros ocupan espacio, cogen polvo y son una inversión ruinosa. Desde entonces me acerco a las bibliotecas, me surto de ellas y apenas compro. Cuando lo hago termino regalándolo o simplemente dejándolo en un parque, en la playa o en el cajón de un hotel. En alguna ocasión en el metro alguna buena persona ha venido corriendo a devolverme el libro que me dejaba. Siempre di las gracias, pero al dejar el vagón mi primera obsesión era depositarlo en un lugar adecuado, con una nota interior para el futuro lector en la que le deseaba que lo disfrutara.

martes, 14 de julio de 2009

- PALABRAS

Palabras para creer, palabras para luchar, palabras para amar.... Nos adormecen con palabras y nos drogan con ellas. Palabras vacías que no dicen nada. Palabras huecas de contenido. Palabras sin idea. Verborrea de palabras.

¿Para qué os quiero compañeras, amantes de fortuna, si sois uso abusivo de deshonra?
Palabras sin alma, vergüenza de quien os usa sin decencia. Palabras manipuladoras de destinos, arrogantes de saberes, indignas de vuestra historia.

Nacistéis en partos inciertos. Palabras amadas y desechadas. Palabras mal usadas. Llenas de dobleces y deshonra. Desalmadas y perdidas en diccionarios de la nada. Palabras huecas de entrañas, corruptoras de conciencias.

Palabras leyezuelas, ecónomas, tecnólogas. Palabras palabro, palabronas, palabrotas... Palabras que no parlan. Palabras mudas. Palabras que vacan.